La humanidad ha logrado avances sin precedentes en innovación y acumulación de capital, pero también enfrenta una creciente fractura social y una amplia brecha de desigualdad que ponen en riesgo las democracias. En este contexto, la Proposición 40 de California surge como un imperativo moral más que una simple medida fiscal.
La Proposición 40 propone un impuesto del 5% sobre el patrimonio neto de individuos con fortunas superiores a mil millones de dólares, defendiendo así una sociedad ahogada por la concentración de la riqueza. Se debe mirar más allá de la simple recaudación y entender el panorama global de desigualdad, que ha pasado de ser un tema académico a una crisis existencial.
En las últimas cuatro décadas, ha habido una transferencia de riqueza sin precedentes del 99% hacia el 1% más acaudalado y especialmente hacia el 0.1% que concentra la riqueza. Esta tendencia refleja que cuando el retorno del capital supera el crecimiento económico, la riqueza se concentra en quienes ya la tienen, como ha subrayado el economista Thomas Piketty. Esto obliga a la intervención estatal mediante impuestos progresivos para evitar un sistema oligárquico.
Esta concentración de riqueza no es natural, sino el resultado de decisiones políticas: desregulación financiera, erosión de derechos laborales y un sistema tributario que grava más el trabajo que el capital. En California, esta desigualdad se manifiesta en altos índices de pobreza y la falta de vivienda asequible, lo que evidencia que la economía genera abundancia extrema sin una buena distribución.
Un obstáculo cultural significativo para la redistribución es la narrativa de la meritocracia, que sostiene que el éxito depende solo del esfuerzo individual. La Proposición 40 desafía esta idea al reconocer las disparidades en el acceso a oportunidades y recursos. La discusión alrededor de la Proposición 40 debe extenderse más allá de lo fiscal, planteando un debate sobre la dirección social que queremos tomar.
En un mundo donde la desigualdad se ha vuelto sistémica, los tomadores de decisiones en México y América Latina deben reflexionar sobre las lecciones de esta propuesta para abordar sus propias desigualdades. La búsqueda de un futuro más equitativo y sostenible depende de cuestionar estructuras existentes y fomentar un diálogo que priorice el bienestar colectivo sobre la acumulación individual.



